Islandia vive hoy sábado 29 de agosto una jornada histórica. Casi 400,000 ciudadanos están llamados a las urnas para decidir en referéndum si el país debe reabrir formalmente las negociaciones de adhesión a la Unión Europea, un proceso que lleva suspendido más de una década y que divide profundamente a la sociedad islandesa.
Los colegios electorales abrieron a las 9 de la mañana y permanecerán abiertos hasta las 10 de la noche. No se trata de una votación vinculante para entrar directamente en la UE, sino de autorizar al gobierno a retomar las conversaciones con Bruselas que fueron congeladas en 2013 por el entonces gobierno de centro-derecha, tras la crisis financiera que golpeó duramente a la isla.
En aquel momento, Islandia había presentado su solicitud de adhesión en 2009, en plena debacle bancaria, buscando el paraguas económico y político de Europa. Las negociaciones avanzaron rápido, pero se estancaron cuando el país comenzó a recuperarse y resurgió un fuerte sentimiento de defensa de la soberanía nacional.
Hoy, el contexto ha cambiado por completo. El coste de la vida se ha convertido en el principal argumento del bloque del sí. La inflación, la debilidad de la corona islandesa frente al euro y los altos precios de los alimentos y la vivienda han llevado a muchos islandeses, especialmente a los jóvenes de Reikiavik y a los sectores urbanos, a ver en la UE una oportunidad de estabilidad, mayor competencia y acceso a un mercado más amplio.
Al otro lado, el no tiene su bastión en las comunidades pesqueras del norte y los fiordos occidentales. Para Islandia, la pesca no es solo una industria, es identidad nacional. Representa cerca del 40 por ciento de sus exportaciones y el temor a tener que ceder el control de sus caladeros a la Política Pesquera Común de Bruselas es el mayor freno. Los pescadores temen cuotas impuestas desde fuera y la llegada de flotas extranjeras a unas aguas que consideran su mayor tesoro.
La soberanía es el otro gran tema. En cien años, Islandia pasó de ser uno de los países más pobres de Europa a uno de los más ricos del mundo, gracias precisamente a la gestión independiente de sus recursos naturales. Muchos votantes temen que entrar en la UE signifique perder esa capacidad de decisión sobre energía geotérmica, recursos pesqueros y política exterior.
Las últimas encuestas reflejan un empate técnico absoluto. El sí parte con una ligera ventaja de entre 2 y 4 puntos, pero con un 15 por ciento de indecisos que podría inclinar la balanza en las últimas horas. La participación será clave y se espera que supere el 80 por ciento, una cifra habitual en la democracia islandesa.
La campaña ha sido intensa pero ejemplar, sin grandes sobresaltos. El gobierno de coalición, liderado por socialdemócratas y liberales, apoya mayoritariamente el sí, mientras que partidos conservadores y agraristas hacen campaña por el no. Incluso dentro de las familias hay división, lo que demuestra lo transversal que es el debate.
Desde Bruselas observan con atención. La presidenta de la Comisión Europea ha declarado que la puerta está abierta y que Islandia cumple ya con gran parte del acervo comunitario gracias a su pertenencia al Espacio Económico Europeo y al espacio Schengen. Si gana el sí, las negociaciones podrían reabrirse formalmente a principios de 2027 y completarse en dos o tres años.
Para Europa, la adhesión de Islandia sería simbólica. Sería el primer nuevo miembro en más de una década y reforzaría la presencia de la UE en el Ártico, una zona estratégica ante el avance de Rusia y China. Para Islandia, es una decisión existencial sobre qué modelo de país quiere ser en las próximas décadas: una isla independiente que se basta a sí misma o una nación integrada en el corazón de Europa.
Los resultados oficiales se esperan a última hora de esta noche.
